Juan en el Paraíso

domingo, octubre 02, 2011

Antes del final

Muchas veces me acusaron de dramático, suelo tener predilección por las despedidas, los agradecimientos y las dedicatorias. Pero cómo se hace para despedir a alguien cuya muerte resulta inminente y todavía no ha acontecido. Quiromancias inesperadas guían estas destartaladas palabras y mientras las escribo, pienso que él esta durmiendo todavía plácidamente en su cama, no muy lejos de donde yo escribo estas líneas. Siempre creí que nunca iba a acostumbrarme a no verlo, a no saber de él y temía siempre también por aquel momento en el que la muerte nos arrebataría la proximidad de un retrato imaginado. Tantas alusiones me llegan de él, las playas a las que ya hace años no recorro, las anécdotas graciosas que no tengo, las viejas polémicas entre rosistas y antirosistas que no me extenúan, los equívocos que provocan tu sordera, involuntaria y por momentos voluntaria y meridiana entre la realidad y la ficción. Todo eso hace rato que no está en mi vida, aunque todavía seguís respirando. Una arcana noticia me informa, como el Enoch Soanes o como el Morris que viene de otro mundo paralelo, que se extingue la vida que le queda. ¿Cómo despedirlo? Si ya nos hemos privado de lo cotidiano, si ya no sabemos qué hace el otro, que hacemos nosotros porque efectivamente no hay más un “nosotros”.

Si tuviera que despedirte, recordaría fragmentos de lo que mi memoria agolpa inclemente en mi cabeza y me tortura para que recuerde, para que la herida crezca y a la vez se cure, como cuando se derrama sal o alcohol sobre el dibujo apuñalado de la piel. Días juntos en el jardín, pescas de verano en el río, abrazos largos de mañana, mates y revistas antes del colegio, esperas a la puerta de las clases de inglés, chistes cómplices en las navidades, abrazos en el circo, viajes a tierras lejanas, domingos polémicos de silencio impuesto, salvatajes de domingo en la noche por tareas no cumplidas, cumpleaños de verano siempre con apuntes universitarios en las manos, lagrimas en los ojos vos y huevos y harina cabeza yo, discusión final en tu casa esa tarde. La última vez que te vi no me reconociste, tenía abundante barba, y a pesar de eso te alegraste al reconocerme bajo ese camuflaje. Y yo… te iba a pedir que aceptaras la prueba. Discutimos, es cierto, pero a la vez yo quería que reconocieran el daño que habían hecho, el daño que vos habías contemplado como engaño sin decir una palabra. Discutimos. Te enojaste. Me enojé. Juré que nunca más iba a pisar tu casa. Nunca más pisé tu casa. Nunca más te vi. No nos vemos, no nos vamos a ver, supongo. Qué caprichoso es el destino viejo querido. ¿Por qué nos tuvimos que separar a esta altura del camino? No tengo respuestas. Vi en una película que los japoneses tienen un rito muy cuidado para despedir a sus seres queridos: Se reúnen alrededor del cajón con el ser querido allí dispuesto y antes de cerrarlo, antes de verlo por última vez, le agradecen. Es extraño para las mentes pequeñas de occidente, mentes como la tuya y la mía, ver que alguien llore y se ría cuando se despide a un ser amado. Hay mucho para agradecer, hay mucho para agradecerte. Tantos lindos momentos juntos, tantos caminos compartidos, tantos anhelos y admiraciones, tantas noches y tantos días. Pienso en la música mi viejo querido, pienso en que nos queda poco. Pero no ha sido poco lo que nos hemos enseñado. Siempre voy a tenerte cerca, aunque no estemos cerca. ¡Hagamos las paces viejo, que ya no hay tiempo! A vos te lo descuentan y a mi me lo suman. Por si acaso te interesa, te voy a extrañar mucho. Cuídame mucho, como hiciste siempre. Me dejas muchas cosas hermosas, muchas con las que quiero combatir, muchas dudas y algún enojo doloroso. Es cierto que la muerte no ennoblece a las personas pero si deja claves para releer actitudes, opiniones, puntos de vista. ¿Viejo te acordás el tigre que me regalaste a la salida del circo? Todavía lo tengo. Y cada vez que lo mire me voy a acordar de vos. Te voy a querer siempre. Nos vemos en algún momento. No sé cuándo. Pero nos vemos y nos damos ese abrazo postergado.

martes, marzo 08, 2011

Blond Ambition Tour


By Joako

jueves, diciembre 09, 2010

Una estética de la culpabilidad



Sobre La última noche de Emmanuel Bove, traducción y prólogo de Fabienne Bradu, México, Aldvs, 144 pp.



¿Cuántos suicidas hay en esta familia? Tres. Al menos tres son los que concretaron la obra. Hay otro que lo intentó tres veces y su resultado fue cero. Me enteré de los suicidios familiares un día que ordenaba fotos viejas con mi abuela. Una se ahorcó, la otra se pegó un tiro y el último, más clásico, se cortó las venas. Siempre pensé lo terrible que debe ser para un sujeto elegir volverse un suicida, negar la posibilidad de continuar con la vida y, casi con cierta performatividad, pensarlo se vuelve decirlo y cuando se termina de decir… está hecho. Demoler un edificio, romper a martillazos un mueble, matar a una persona siempre implica ser el testigo, el actor que desarrolla la acción y puede contemplar el efecto consecuente al acto de la destrucción, como un artista que completa una obra y se sienta a contemplarla. El suicidio es diferente porque uno deja ese lugar contemplativo del crítico, deja esa terceridad en el espacio, para convertirse en el propio objeto del relato. El suicida se convierte en un texto, en el cadáver que exhibe, como resto, las marcas del trabajo concluido. Viendo las fotos de los parientes muertos o de los parientes suicidados, viéndolos congelados en el tiempo de la fotografía me pregunto qué habrán pensado mientras la soga apretaba el cuello, mientras el gatillo activaba un mecanismo minúsculo dentro del arma o mientras una punta afilada dibujaba un camino rojizo sobre las muñecas.
El suicida deja un relato, un escrito, un mensaje plasmado en la hoja lo que se vuelve un decálogo de su despedida, un manual de uso que deja para los vivos. Kurt Cobain dice en las líneas manuscritas de la carta hallada al lado de su cuerpo yaciente: “Soy una criatura voluble y lunática. Se me ha acabado la pasión. Y recuerda Courtney que es mejor quemarse que apagarse lentamente” Quemarse es la clave para leer la obra de arte que ha dejado el suicida y será repetida como un Ars poetica que echa luz sobre la profecía autocumplida del artista. Pero todo recetario de mano y boca del auto-fallecido es un sistema que se gesta en la anticipación del propio gesto. El suicida no puede escribir después del acto que lo eleva a dicha categoría. Es inenarrable ese hiato emergente entre el texto y el cadáver, el momento intermedio que marca un sendero entre lo que el texto promete y el cadáver ejecuta. En ese hiato irreconstructible se escribe La última noche de Emmanuel Bove. Novela extensa que se escribe como una única reverberación de la voz narradora, de una voz en tercera persona que vuelve decible, a partir de una enunciación quirúrgica, esa zona de indecibilidad. El yo narrador en primera queda entonces subsumido por otro, un testigo distante, que pone orden a las ensoñaciones y descalabros mentales de Arnold Blake el asesino suicida que protagoniza el texto. Como en Nocturno de Chile de Roberto Bolaño el texto se desencadena como una única visión febril y distorsiva provocada por el gas que Arnold inhala. La biografía del suicida se asienta sobre una nulidad, nulidad de nombre, nulidad de fama. Arnold es un suicida desconocido, no es célebre y por lo tanto su muerte a nadie importa salvo por la galería de personajes que deambulan a través de sus imaginarias elucubraciones y es él mismo el que mide su propia finitud: “Si en ese minuto le hubieran preguntado por qué quería morir, habría contestado con asombro que no tenía la menor intención de morir. ‘¿Quiere saber por qué abrí la llave?’, hubiera añadido. ¿Es eso? ¿Eso es lo que le intriga? Es muy sencillo. Me gustan las emociones fuertes. Me gusta jugar con el peligro. No tema. Cuando las cosas se pongan mal, cerraré la llave y todo quedará resuelto” (p. 20-21) El suicida desafía el propio limite de su existencia, como un novelista cree que puede mantener la pluma rígida y cortar la acción de un texto, el suicida cree que puede interrumpir la propia obra. La imaginería de los afectos y de las pasiones, la vida social, la madre, la ciudad se vuelven un mosaico de escrituras donde la percepción de vuelve materia narrable. Es la materialidad de la novela el propio delirium tremens del personaje donde confluye la culpa de un crimen (que podría pensarse en una duplicidad con el propio auto crimen) con la necesidad de ser comprendido. En esta novela Emmanuel Bove escenifica los temores que se originan en la angustia, sentimiento avasallante que ensombrece el alma del hombre, que se vuelve una puñalada ontológica y que arrastra al sujeto a la extrema individualidad, cuya manifestación mas acabada es el acto de quitarse la vida. El texto narrativo es entonces una bitácora del discurso de la agonía que produce la culpa: “Daba vueltas entre las cuatro paredes que lo encerraban y, a ratos, evocaba la muerte como una salvación” (p. 131) La narración es entonces el texto testimonial que da cuenta de ese proceso de salvación, de esa tensión entre culpa y redención. Con inusitada maestría, Bove construye todo un dilema existencial donde conviven los temores y los demonios que la culpa instala en la mente humana. Una zona de la exploración a partir de esta novela publicada en 1927 y donde este autor, no tan frecuentado fuera del canon literario francés, indaga la psiquis y la problemática de la existencia. Bove es el ignoto precursor de toda la narrativa existencialista que dominará la escena literaria francesa de los años venideros. Antepasado inmediato de la obra de Albert Camus, admirado por Enrique Vila Matas y César Aira, La última noche responde a la pregunta emergente del propio prólogo de la traducción: “¿Ha leído a Emmanuel Bove?” y una voz responde: “Si… claro que si”.

viernes, julio 30, 2010

La arqueología del placer





Sobre: Borges, libros y lecturas. Edición, Estudio preliminar y notas de Laura Rosato y Germán Álvarez, Buenos Aires, Ediciones Biblioteca Nacional, 412 p.


“El trabajo de descifrar la letra o los logogrifos de ese manuscrito de cerca de dos mil páginas ha sido una tarea superior a las fuerzas humanas, y yo no hubiera podido realizarla sin el auxilio y colaboración de un grupo de amigos que, interesados profundamente, tanto en el contenido del manuscrito como en el ejercicio de paciencia que significaba ir descifrándolo, no me hubiesen ayudado. Su colaboración ha sido heroica”

Ezequiel Martínez Estrada, Marta Riquelme.

Escribir sobre libros ajenos es difícil. Mas si el libro al que uno pretende referirse emerge del ingenio y el trabajo sostenido de dos amigos cercanos. Esto mismo es lo que más preocupa a mi “yo objetivo” a la hora de escribir una breve reseña sobre Borges, libros y lecturas de Laura Rosato y Germán Álvarez. Los libros, como las plantas, como los animales y como los hijos, se conciben en la mente de sus padres-autores y se sueña con el día en el que verán la luz del mundo. A los libros también se los imagina, se les intenta buscar un nombre atractivo que los salve de la injuria pública o de la cacofonía sarcástica del compañero de banco o del lector extraño. Uno ve crecer a ese libro a lo largo del tiempo, discute con él, se enoja con sus puntos más áridos y se alegra con sus párrafos más logrados. Escribir es una tarea de crianza y más cuando son dos las manos que intervienen en su concepción, cuando hay dos figuras parentales que sostienen, en colaboración estrecha, la andadura de la página. Este demorado pero ansiado y fundamental libro de Laura Rosato y Germán Álvarez indaga sobre la marginalidad que subyace a la grandeza a la que suelen estar maldecidos los autores. Maratónica ha sido la tarea de recopilar y reunir los dispersos libros que Jorge Luis Borges dejó en la Biblioteca Nacional una vez concluida su estadía como director. Cada uno de los volúmenes dispersos en los largos y sombríos pasillos de los depósitos del monstruoso edificio, albergaron durante décadas, silenciosas notas que trazan los senderos reales de la lectura y de la escritura llevada adelante por el descifrador de El Aleph.

Pero a la vez que se recupera la obra dispersa entre las guardas y encuadernaciones de los diversos volúmenes, se inicia un nuevo aporte a las ya demoradas y asfixiantes masas bibliográficas destinadas a la obra de nuestro ciego ilustre. El desafío al que todo crítico e investigador se encuentra a la hora de reflexionar sobre la obra borgesiana: ¿qué decir?, ¿qué mas decir? Estas preguntas no ensombrecen la labor crítica de Rosato y Álvarez, por el contrario, pueden hacerle frente gracias a un estudio seguro y fidedigno de auténticas joyas de archivo. El valor de este “rastreo” entre sarmientino y holmesiano, signado por los avatares políticos de las instituciones y del país (tal como dejan en claro en los interesantes “Antecedentes históricos de esta colección”) le imprimen a la historia de la critica borgesiana un camino renovador, fértil y seguro. Como ellos mismos afirman: “La relevancia de esta colección radica, principalmente, en su originalidad, da a conocer un fondo documental nuevo y, desde la perspectiva de estudios genéticos constituye un importante acervo de manuscritos originales que aguardan ser indagados en profundidad” (p. 36)

A pesar de tener por subtítulo: “Catálogo de la colección Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional” el texto que puebla el grueso de esta publicación transgrede la norma impuesta por el género “catálogo”. El libro es mucho más que meros asientos bibliográficos, sino que por el contrario, expande los límites del registro bibliotecológico para ingresar de lleno al campo de la crítica genética y de la teoría literaria. Cada una de las entradas repone (alfabéticamente) los diferentes volúmenes consultados por Borges, a la vez que transcriben sinópticamente las glosas y comentarios incluidos por él (y por sus ocasionales escribas). Se completa la sistemática ficha con la contextualización de la nota dentro del volumen y su respectivo confronte con la obra borgesiana. Este dispositivo formal tan bien resuelto y tan útil, cobra relevancia gracias a la vinculación erudita e incansable que los autores de este libro han realizado con la obra de Borges, muchas veces dispersa entre sus libros y las versiones preliminares diseminadas por el autor en las páginas silenciosas de las publicaciones periódicas. Sin ser el centro de su atención primordial, el tono que subyace al libro de Rosato y Álvarez es el de un genetista incansable. El cotejo sistemático de ediciones, versiones, revistas y manuscritos se manifiestan con clara presencia en cada uno de los asientos elaborados.

A su vez, debe remarcarse el valor que tiene éste texto en la reconstrucción de usus scribendi del autor, es decir del conjunto de operaciones de lectura y escritura como condición emergente para la creación literaria. De esta manera, los autores logran descifrar las misteriosas abreviaturas, marcaciones y símbolos empleados por Borges, posibilitando así el desciframiento del sistema de escritura y aportando una necesaria legibilidad a las notas editadas. En materia de procesos de escritura, tal vez sea éste el primer estudio crítico que reflexione de un modo serio y sistemático acerca de la manera en que debe pensarse la escritura de Borges, no sólo desde su dimensión formal, sino también desde el punto de vista de sus temas y tópicos. La filosofía oriental, la matemática, el infinito y los espejos, todos ellos temas recurrentes en la obra borgesiana, y demoradamente transitados y violentados por las reyertas de la crítica literaria, aparecen en esta reflexión de Rosato y Álvarez desnudos en su materialidad, libres de la deformación estética del autor argentino. Pero el valor del libro, no sólo radica en los aportes arriba mencionados, no se agota en los textos manuscritos inéditos que pueblan las páginas de este “catálogo”, sino también en la marca que deja sobre el libro la traza del hombre y de sus afectos. Un modo nuevo de conocer al Borges fuera de la literatura, al Borges fuera de la construcción literaria que él mismo hace de si. El catálogo refleja también en sus “caminos de tinta” la amistad con Bioy Casares, el amor furtivo de Estela Canto, la paciente compañía de su madre, los viajes y los lugares. Todos estos amores, figuras y espacios familiares aparecen dejando también huellas en los libros. La vida de un hombre no es, sino un conjunto borroso de recuerdos, personas y situaciones que, como los autores afirman, es la primera etapa de un proyecto todavía no clausurado: “El catálogo que presentamos aquí reúne sólo la mitad de los ejemplares recuperados. Han quedado pendientes para una próxima publicación aquellos libros que fueron obsequio de escritores y amigos y otros que requerían urgentes trabajos de restauración. El número total de este fondo, entonces, alcanza a completar los mil volúmenes” (p. 20)

Laura Rosato y Germán Álvarez nos devuelven muchas cosas con su publicación y entre ellas las dos figuras omnipresentes de la cultura nacional: Borges y la Biblioteca.



domingo, febrero 14, 2010

San Valentín, carajo!

Todos los años pasa exactamente lo mismo. Llega el día de San Valentín y uno comienza a tener aversión por los corazones de felpa, los bombones, los peluches y las parejas felizmente enamoradas que caminan por las calles abrazados, mientras uno está sentado en una cafetería leyendo “Critica de la razón pura” y masticando bronca. Pensaba que si a Bush nunca le interesó nuestra asfixia económica, porque a la pareja que esta esperando delante de mí para cruzar en Cabildo y Juramento les debería importar que yo esté llegando a los treinta con relaciones que no duran más de treinta minutos. ¿Qué hacer? ¿Debemos seguir las enseñanzas de Michael Douglas y romper a batazos el supermercado chino de la otra cuadra? ¿Convertirse en una viuda negra rompe hogares y arruinar las parejas perfectas enarbolando el flagelo de la infidelidad? Todas opciones muy trabajosas y no muy concluyentes, puesto que lo cierto es que cada pareja tiene su manual de uso y me resulta cada día mas sorprendente el hecho de que luego de meses de peleas permanentes y de objetos punzo cortantes que vuelan de un lado al otro, llega el tan ansiado catorce de febrero y todas las diferencias irreconciliables se guardan en el cuartito de la herramientas del patio trasero. La realidad es el texto más indescifrable de todos. Me veo caminando como un ebrio al amanecer y al pasar por una vidriera veo mi triste y horrible reflejo y trato de descubrir algún modo de luchar contra el chip del amor capitalista. Llego a mi casa y me recibe Lord Byron, mi siamés, y mientras tomo el primer café de la mañana escucho los mensajes del contestador. Mensaje 1: “Juan, ¿estás?, ¿estás? Bueno… era para ver si mañana lunes podía pasar por la biblioteca a buscar ese libro de Darnton que me dijiste que tenías”. Mensaje 2: “Buenos días Juan Pablo habla la Dra. Marlena Joie, quería avisarle que nuestra sesión se pasa para el día lunes a las 19 hs”. Cuando toda la evidencia me demostraba que sólo me tienen en cuenta los que necesitan bibliografía y mi psiquiatra, el mensaje tres reveló lo contrario: “Holi Juan, soy Helena, porque no hacemos una salida de ‘San Valentín fake’ esta noche, vayamos al cine y miremos una película tonta y luego tomemos una copa. Llámame estoy en casa. Besos” En ese momento pensé que al final de cuentas si bien mi príncipe azul se había retrasado porque de seguro había tenido problema en el departamento de migraciones, tenía una buena amiga que me ofrecía pasar una noche divertida, y en medio de tanto amor ajeno, yo también tenía una forma del amor, tal vez mas duradera, tal vez más real.

La prostitución de la letra


Para Paula Ruggeri

Hace un año cuando descubrí que mi ex marido se acostaba con una alumna suya (con la que pronto va a casarse) no pude sino sentirme absurdo. Yo lo había acompañado en sus peores momentos y sólo Margarita, la señora que me ayuda con los quehaceres domésticos, sabía mi secreto para quitar los restos de cocaína mojada con vodka que él dejaba empastada en la única pieza mobiliaria familiar que había podido rescatar de la casona de Beccar. Luego de la separación, me había ido muy triste de nuestro departamento en la calle San Juan, del que sólo me llevé tres libros, una caja de fósforos, unos tacones altos y el disco de Henry Mancini que lleva la canción “Moon River” (porque si me iban a dejar así, tenía que sentirme por lo menos Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany’s) Caminé toda la noche y recordé que la única que me podía salvar de la intemperie era mi tía Maruja que por esa época vivía sola en un piso en Peña y Pueyrredón. La tía Maruja había nacido en Alcalá de Henares y había venido de muy pequeña a la Argentina con mis abuelos, escapando de alguna guerra (como no recuerdo exactamente cuál, que el lector elija y complete) Se había enamorado perdidamente de un hombre de su edad, un pintor bohemio que vivía en un conventillo en San Telmo. A pesar de eso mis abuelos la obligaron a casarse con un banquero adinerado que terminó por hacerla infeliz hasta el día que tuvo en bien morirse. Si su esposo le había dilapidado la belleza, ella decidió dilapidarle la fortuna. Gastaba grandes cantidades de dinero en telas y pinceles que tenía regados por toda la casa. Vivía sola con su gato José Bonaparte, al que llamaba Pepe y con el que discutía los pormenores de la metafísica hegeliana diciéndole: “Mirá Pepito, hay algo raro para nuestra concepción actual de lo que es la lógica ya que no tiene nada que ver con la lógica o muy poco- esta lógica metafísica cuyo antecedente más importante es la lógica trascendental de Kant- y ahí tenemos una diferencia entre la lógica trascendental y la lógica formal - entonces podría decirte, en líneas generales, que la lógica hegeliana es algo así como una extraña simbiosis que tenemos que analizar entre la lógica trascendental y la metafísica clásica- y estoy pensando sobre todo en Aristóteles”. Pepe la miraba como contemplado un monte muy grande, mientras se rascaba el hocico con una pata.

Esa noche, toqué el timbre de la casa de la tía Maruja de un modo algo frenético. Ella se asomó por el balcón y me dijo a lo alto: “¡Mi querido! Afuera la España negra” Bajo a abrirme y me abrazó tan fuerte que casi no pude respirar, sentí su aroma tan característico, olía a óleo azul y perfume Anais, Anais de Cacharel muy anejo. Me quedé en su casa toda la noche, aunque nunca pude pegar un ojo. A la mañana siguiente decidí que si quería empezar de nuevo mi vida debería ir en busca de un trabajo. Mientras terminaba de atar mis cordones, la tía Maruja me miró y me dijo:”Mira lo más importante en la vida, siempre lo decimos con Pepe, es el espíritu”. Atontado por el café amargo y por el críptico consejo de mi tía salí en busca de alguna entrevista. Entre las opciones decía que un diario local buscaba un periodista que escribiese una columna sobre moda. El editor era un hombre canoso y de barba que leía mi curriculum con desatenta atención. Yo contemplaba las millones de fotos que tenía en su oficina: fotos con deportistas, periodistas, escritores, famosos y presidentes de tierras remotas, casi mitológicas. Me miró por encima de sus anteojos modernos y me dijo que el perfil le parecía interesante, pero que tenía que convencerlo de que en verdad estaba interesado en el puesto. Para un joven escritor divorciado que se hospeda con una tía que habla de filosofía clásica con su gato, cualquier puesto que implique una entrada de dinero resulta más que vital.
Inocente o con cierta inocencia impostada, pregunté cuál sería la prueba que debía emplear para quedar en el puesto. El maduro editor me contempló con cierta lascivia y me dijo: “Tenés que aceptar ir a comer conmigo” Desde chico mi abuela me había advertido que los tonos son centrales en muchas lenguas porque desenmascaran el “sentido pragmático” de lo que se está diciendo, es decir que en tono de una frase están visiblemente ocultas las intenciones del hablante que lo produce. En este caso particular el tono del maduro editor me invitaba a comer mucho más de lo que podría encontrar en cualquier menú de cocina internacional. Apelando a cierto dejo de literatura fantástica, desplegué una trama que fue cada vez más inverosímil, al punto tal que le dije que tenía una enfermedad terminal, esperando que no le sedujera la idea de saciar su apetito sexual con un condenado a muerte. Mis cálculos fueron más que desacertados. El editor peinaba su pelo plateado y sonreía de modo burlón y yo me hacía cada vez más pequeño. Preso del inminente miedo y de la situación más incomoda, pensaba múltiples opciones. Si yo fuera Superman, saldría volando por la ventana. Si fuera Spiderman lo envolvería con mi tela-araña y le diría que “un gran poder siempre trae aparejada una gran responsabilidad”. Pensé lo que haría Sarmiento que me miraba impávido desde un billete arrugado de cincuenta pesos que asomaba de mi bolso y tomé la iniciativa, me paré y con un marcador negro que estaba sobre la mesa escribí: “Los hombres no se cogen, la ideas si” y me fui dando un portazo. Caminé por la calle Córdoba bajo un agobiante sol de verano y pensé que la prostitución y la escritura no eran muy diferentes. Si no había podido conseguir el puesto como periodista, sólo quedaba ir a la entrevista para ser mesero y a por ella iba.

domingo, junio 07, 2009

Colgado de una estrella

Llenaba la bañera y veía caer el agua del grifo. Siempre pensé que el agua era el más extraño de los elementos. Sin olor, sin gusto, sin sabor y con su naturaleza inabarcable. Abrazar el agua es deshacerla con tocarla. Dejaba un camino de ropas en el suelo, regadas como manchas deformes sobre la cerámica blanca. El primer impacto espasmódico de mi cuerpo en la tina por el contacto con el agua fue el dato que me anunció que iba a hacerlo, luego de mucho meditar. Mientras el agua hacía un sonido de chillido, mientras salía del grifo de bronce del baño de mi casa, de la casa que había sido de mis abuelos. Mis brazos flotaban sobre el nivel del agua y parecían la mítica isla de San Brandán, donde el torso de un monstruo mitológico escondía una ciudad misteriosa; pero por fuera de los libros que habían adornado y embellecido mis tardes, mis noches y mis días, volvía la imagen del pasado en donde mis piernas se vuelven unas botellas verdes y amarronadas que flotan entre cubitos de diamante para enfriar las bebidas en el día de navidad. A mis tres años corro por toda la casa esperando abrir los regalos que me van dar mis padres escondidos tras el rostro amable de un viejo conocido. Trato de agarrar una botella que, con mis manos cortas, no puedo alcanzar y que tan sólo llego a acariciar. Me queda la etiqueta viscosa y mojada sobre el envase de vidrio que es más escurridizo que una corvina. Y veo a mi abuelo parado en la punta del muelle viejo de Quequén, con un hueco en el suelo de piedra que deja ver el mar abajo de mis pies. Ahí por primera vez veo a un pez saltar del borde del muelle otra vez al mar, se quiere salvar, se arroja con toda su fuerza de nuevo al agua. El agua seguía subiendo y vi mis manos blancas desdibujadas abajo del agua clara, y veo a mi hermano moviendo sus patitas de bebé un verano en la piscina de la casa quinta de los padrinos de mi viejo, salpicando y mojando a todos. El agua comenzaba a llegar la jabonera y yo con el pelo mojado, olía el aroma del jabón disuelto en la tina, y cuando cerraba los ojos sentía que el agua me tomaba de la mano. Y tengo seis años y mi abuela me tiene la mano en el jardín de su casa y me pide que la ayude a cortar jazmines. Ese aroma que me hace acordar el verano, la mañana leyendo Salgari en el patio a la sombra de los jazmines, una pausa al mediodía para almorzar y un rato de silencio hasta las tres para salir a jugar a la puerta. La bisagra de la puerta del baño hizo un ruido y sentí el golpe del picaporte justo en mi oreja y escucho el ruido seco que hace mi cuerpo contra el piso cuando mi papá me dice que mi abuelo se murió, y entro al cuarto y donde estuvo acostado por cuatro años no hay nada, veo la colcha extendida y un espacio vacío. El agua subía y, totalmente embebido en ella, extendí el brazo para tomar del banco de las toallas un cuchillo. Lo miré y veo a mi viejo cortando un pedazo de asado y dándome de comer en la boca con un tenedor. Corté mi brazo izquierdo y pareció que trazaba una raya con crayón rojo y veo a mi mamá, como tantas veces sentada en la mesa pintando de rojo, de azul y me mira y me sonríe y veo que me llama para darme algo y saca de la cartera un chocolate blanco y sonríe al final de un pasillo con mi libro en la mano y me abraza, y siento su perfume, el mismo que cuando se iba a trabajar a la mañana sentía, el mismo cuando me dejaba una chocolatada en la mesa. El agua se fue tiñendo de un rojo intenso que mientras más miraba, más me adormecía, más me hipnotizaba y veo un vaso de granadina sobre la mesa de un bar bajo las estrellas y la mirada cabizbaja de Darío diciéndome que no podemos seguir juntos y yo siento que el pecho se sofoca y tiro el vaso por accidente y derramo todo el liquido y ví como desbordaba la bañera, como el agua roja invadía todo el suelo y mojaba la ropa y corro con Carolina debajo de la lluvia ese día de octubre en Puerto Madryn y la ropa mojada comienza a pesar y me pesaban los ojos y tenía sueño entonces me acurruqué en la tina como si fuera un colchón y vi mi cicatriz en la cintura y veo como se estrella el auto contra la pared y me doy vuelta y estoy durmiendo en la cama de Berger y me abraza y siento que está a millones de kilómetros de distancia y el agua recorrió kilómetros de centímetros hasta afuera del baño y me ví pálido como un papel y me acordé de lo que me dijo mi papá que le pasaba a la gente que se moría y me vi colgado de una estrella y vi un dibujo de Principito colgado en la biblioteca del colegio y me vi subiendo y subiendo y haciéndome muy blanco y con un sueño muy pesado y un cuerpo muy liviano, pinté con tempera el suelo, y sigo subiendo y veo a mi tío y a mi abuela y veo al sol a la cara pero no me molesta, no me duele nada. Nada de nada.

viernes, febrero 20, 2009

A little cup of Milk


“I ask my gay sisters and brothers to make the commitment to fight. For themselves, for their freedom, for their country ... We will not win our rights by staying quietly in our closets ... We are coming out to fight the lies, the myths, the distortions. We are coming out to tell the truths about gays, for I am tired of the conspiracy of silence, so I'm going to talk about it. And I want you to talk about it. You must come out. Come out to your parents, your relatives”
Harvey Milk

Mientras el sol rayaba la ventana del salón yo pasaba las imágenes del lector de microfilm. Faltaban unos minutos para que dieran las cuatro. Me puse de pie y me dispuse salir. En el hall principal estaban Lola, Frida, Vince y Coque esperándome para ir al cine. Hacía varios días que con Lola habíamos planeado ir a purgar malas ondas con alguna cinta pochoclera. El sol radiante y el extenuante calor de Buenos Aires en el mes de febrero nos vuelve una suerte de lagartos, todos buscan oscuridad, humedad y frío. Las calles están pobladas, pero más aun los bares con aire acondicionado, los taxis y especialmente los cines. Un miércoles a las cuatro de la tarde no calificaría como un horario tan común como para que una sala de cine esté considerablemente llena, pero así fue. Lo más sorprendente acaso haya sido el hecho de que la Guerra de las novias, a la que pensamos desde un primer momento asistir, no estaba en cartelera y terminé, as usual, traicionando lo que había dicho horas antes: “No voy a ir a ver Milk, no quiero más homosexualidad en mi vida” pero parece que el “gran autor” como prefiere llamar Mina a la colección de accidentes ocasionales que es la vida me tenía reservado algo que ni me podía imaginar mientras obligaba a Frida que me deje pagarle la entrada de cine.
Sentados ahí los cuatro, en el silencio y la oscuridad del “cinematógrafo”, palabra que nadie usa desde 1895, comenzó la historia de Harvey Milk un personaje sobre el que no había tenido ninguna noticia cercana, sobre el que nunca había escuchado. Van Sant (el director de la película) siempre ofrece extrañas estructuras narrativas, abusa adorablemente de la fragmentación y del flash back y en los tres primeros minutos del filme ya todos en esa sala sabíamos que Harvey Milk había sido asesinado. ¿Cómo?, ¿Por qué? Ese era el desafío de la película, mostrarnos cómo llegar a ese punto, como diría Roberto Ferro en alguna mañana ancestral de jueves mientras estudiábamos el género policial, casi escuchándolo en un eco: “Si vos querés escribir una novela, hacés muy fácil, planteás un principio y un final, la novela es como pasás de esa situación inicial a esa situación final”
Pocas veces creo que una ficción me conmovió tanto como esta película, creo que porque era alguien que de verdad existió, era una copia traspuesta de un montón de situaciones que todos ellos habían vivido y que ahora volvían a vivir para quedar congelados para siempre en todas las memorias (algunas más comprensivas y frágiles que otras) para el resto de los tiempos. Tal vez el rasgo de mayor intensidad haya sido el de volverme a ver, verme por primera vez en el rostro de otros. Recodar cómo era yo cuando recién empezaba a comprender y a hacerme cargo de lo que hacía siglos mi cuerpo sabía que le pasaba. Una mañana discutíamos eso mismo con Laureen y con Hermann y yo dije: “Uno no elige ser homosexual, uno elige no hacerse el boludo con eso” Así fue y Milk en su época (y a partir de la creación de Van Sant en la nuestra) era una invitación a repasar el pasado y el presente de aquella vieja apuesta. El perforante discurso de Harvey Milk evocó súbitamente una lección aprendida y olvidada por mi: “Last week I got a call from Altoona, Pennsylvania. The voice was very young and the person said "Thanks." Thousands and thousands as they have hope, a better life, a better tomorrow. If a bullet should enter my brain, to destroy every closet door. I that the movement will continue, because it is not the gain of one person, no ego, no power, is for us, not only gay, black, Asian, elderly, disabled ...those of us ...hopeless ...we pay and can not live alone. But without hope is not worth living. So you, and you, and you, you have to give them hope. You have to give them hope". Atraviesa mi cabeza este discurso, el discurso que muchos años antes que yo alguien puso en palabras y especialmente en hechos. Décadas después en otra latitud yo estaría debatiéndome internamente lo mismo. Harvey Milk ansiaba vivir mejor y súbitamente recordé que fue lo que me llevó a decirles a todos que yo era gay la primera vez: El Miedo. De no poder vivir mi vida con plenitud, el miedo de jugar a ser otro, un diferente para mi mismo que se podía mostrar como igual ante los otros. En ese momento con la guardia más que baja empecé a llorar en medio del cine, creo que porque me interpelaba la historia, me consumía un fuego interno que tenía que ver con algo que conocía muy bien y muy de cerca.
Lola, que estaba al lado mío, extendió su brazo como si fuera el príncipe que no encontré aun, me contuvo y creo que también se conmovió de alguna forma. Frida que estaba dos butacas mas allá extendió su mano y toco mi pierna, su calidez atravesó el rugoso jean y llego a mi piel y casi fue como una caricia beatifica. Al final de la película Van Sant ofrece una muestra del retrato de cada uno de los personajes emulados en comparación con las fotos de sus reales referentes. Ese fue el punto más evidente de que la ficción que acabamos de ver existió en algún recoveco del mundo real en un tiempo en el que yo ni siquiera había sido pensado como parte viva de este mundo. Y pensé en la trascendencia de los gestos reales, en la importancia que tiene poder defender un derecho a vivir y eso me llevó a más lágrimas.
Con los ojos rojos y con un llanto atragantado bajamos las escalinatas del cine sobre la avenida Santa Fe. Un silencio extraño nos invadido por algunos minutos, y yo dije: “Si hubiera nacido en los setentas pudiera haber hecho algo mas útil” Lola, que estaba mas que emocionada, al punto tal que sus palabras sonaban muy nasales. Nos abrazamos y creo que nadie quiso llorar a pesar que las condiciones eran más que óptimas para hacerlo. Lola siguió rumbo hacia Rodríguez Peña y Frida y yo tomamos el rumbo contrario. Coque, que estaba un tanto incomodado por nuestra actitud de suplicantes, solo dijo: “Muy buena peli, larga y dura” Frida y yo estallamos en una carcajada. Cuando cruzamos la esquina, Coque nos despidió y corrió muy rápido hacia un colectivo por ahí ubicado.
Frida y yo seguimos unas cuadras más, y conociéndonos como si fuéramos uno, leyó en mi inhabitual silencio que necesitaba sentarme y tranquilizarme con un buen té. Subimos a su recién estrenado departamento, me mostró su nueva mesa y cuando fue a la cocina para poner el agua me senté en el piso y estallé en llanto de nuevo. Frida vino de inmediato y me abrazó muy fuerte, casi tan fuerte como aquel día en la sala de espera de la clínica cuando internaron a mi papá.
Harvey Milk me decía que había esperanza, incluso habiendo muerto por buscarla. Abrazado a Frida recordé todas aquellas situaciones y sensaciones duras, humillantes, molestas, desagradables que a lo largo de los años me habían pasado. Secando las lágrimas, mirándonos a los ojos y tomando el té en el piso, con una mesa a estrenar a nuestro lado, Frida y yo nos contemplamos mutuamente como adultos por primera vez. Me sentí afortunado, porque esas lágrimas que derramaba no eran sino la manifestación de haber crecido. Dejé la taza sobre el piso de madera, le agarré la mano y le dije: “Gracias por estar a mi lado” y mientras le agradecía todos estos años las lágrimas volvían a aparecer y ella, que tiene la justeza de un abogado defensor, me recordó cuanto había cambiado, cuantos casilleros había avanzado y cuanto habíamos crecido desde que nos vimos por primera vez al pie de un mosaico bizantino perdido en medio de la locopolis porteña. Nuestros esfuerzos estaban dando resultado y era momento de cosechar para nosotros, era el tiempo de reírnos del dolor del pasado y de darnos cuenta que nosotros también habíamos emprendido otras luchas personales, que habíamos ganado las últimas batallas y que estábamos felices de estar juntos a pesar de todo. “El Federico de 2005 no existe más” dijo. Tenía razón mi yo del 2005 depresivo y temeroso de elegir un camino había quedado sepultado por todos los duros y placenteros aprendizajes. Terminé el té y salí.
Entré a mi departamento y cuando prendí la luz me vi en potra parte, me vi de otra forma, me vi feliz y plena, seguro de haber encontrado el buen camino y dispuesto a ver lo que iba a pasar de aquí en más. Ningún logro es indiscutiblemente de uno, todos estamos como diría Frida: “En sociedad” y siempre cuando hacemos elecciones incidimos en nuestro entorno. Súbitamente quería que mis padres entendieran con la claridad de una película lo que había elegido en mi vida, tal vez lo que necesitaba que supieran era que la homosexualidad de un modo muy claro. Tomé el teléfono y llame a la casa de mis padres:
­­—Hola mamá
—Hola Fede, ¿cómo estas? ¿Comiste?
—Si, si mamá… Te llamaba para decirte que acabo de ver una película increíble… ¿Por qué no van a verla con papá?
— ¿Cuál viste?
—Se llama Milk. Sean Penn interpreta a un político abiertamente gay de los años sesenta. Esta muy buena, es una mirada muy diferente acerca de qué es la homosexualidad. Lejos de los gays que aparecen en la televisión y que crean una mala imagen de…
—“No subestimes a la gente. La gente sabe distinguir”
Su “no subestimes” era mas bien un “no me/nos subestimes” Con esa respuesta mi mamá me dio a entender que sabía muy bien quiénes eran los “gays”, pero que sabía quién era yo, sabía quién era su hijo. La charla no tuvo mayor futuro y ambos cortamos. Acostado en silencio en medio de la noche me preguntaba si en verdad hubiera sobrevivido en otra época, si me hubiera opuesto al régimen franquista o si hubiera optado por ser un heterosexual de papel glacé. Y esto me llevó a preguntarme qué rol político había tomado en relación a mi condición.
La mañana siguiente cuando llegué a la oficina estaba dormido y acongojado, aunque de ninguna manera triste. Como todas las mañanas me senté frente al escritorio de Laureen y le comenté sobre la película de Van Sant y sobre el planteo que me había suscitado, y dije: “Ver la historia de Harvey Milk y su lucha por los derechos de los gays me hizo preguntarme acerca de cuál es mi verdadera militancia al respecto”. Laureen es una política de raza y me preguntó algo que a lo mejor nunca hubiese considerado como un cuestionamiento en otro momento de mi vida: “¿Vos crees que tu trabajo en la filología incide de forma sustancial en el mundo?” Yo contesté: “No de modo tan sustancial, pero quiero hacer de la filología una mejor disciplina” Laureen se acomodó los anteojos, se echó su cabellera rubiácea hacia atrás y me dijo: “¿Pero creés que es un aporte real al mundo, cuántas personas pueden apreciar tus descubrimientos?”, “Pocos” dije yo. Ahí estaba la respuesta que me desvelaba, y Laureen sentenció: “Esa es la diferencia, nuestro trabajo entre lo filológico y bibliotecológico, nos interesa, somos muy serios y tomamos fuerte responsabilidad sobre él pero en rigor no trasforma las bases de la realidad de forma incontrovertible” La miraba, con sus ojos expresivos, que suelen hacer tantos gestos como sus largos brazos y me encontré enunciando el origen real de mi problemática: “Me doy cuenta que disfruto de los logros de luchas ajenas y que no me involucro con mi condición de forma total” Ahí estaba, ese era el problema… no veía en la militancia una forma de intervenir realmente sobre la realidad. “Ves”, dijo Laureen, “ahí esta el punto, cuando uno elige militar y defender una causa, cualquiera sea es porque quiere algo muy elemental, quiere que haya igualdad para todos los seres humanos. Elegí la causa que más te convenza y fijáte cómo podes intervenir sobre la realidad” Buscar el camino de militar por una causa, por mi causa. Esa era el reto que tenía que emprender ahora.